Ari comenzó a tener un ataque de pánico luego del besos.—Respira conmigo —susurró, su voz firme, profunda, pero llena de ternura—. Uno… dos… conmigo, Ari. Tú puedes.Su aliento chocó con el de ella, cálido, real, presente. No era Nicolai. No eran cadenas. No era oscuridad.—Estás a salvo —repitió él, cerrando los ojos mientras mantenía su frente contra la de ella—. Yo te juro que no voy a dejar que nadie más te haga daño.Poco a poco, la respiración de Ari comenzó a acompasarse con la de Rafael. No era fácil. Cada vez que cerraba los ojos, la sombra de Nicolai intentaba colarse, pero la voz de Rafael era un ancla. Su voz, y sus manos, fuertes y cálidas en sus mejillas.—Eso es —murmuró él, sin moverse—. Así… Así está bien.—Ari parpadeó, sus ojos humedecidos por las lágrimas lo buscaron. Y lo encontró.Rafael.No Nicolai. No el horror.Solo Rafael.—¿Me vas a quedar conmigo… aunque lo haga? —su voz era apenas un suspiro.Rafael asintió, sin apartarse ni un centímetro.—Aunque lo haga
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