Y así, después de aquella llamada, el silencio volvió a llenar la habitación. No era un silencio vacío; era uno de esos silencios pesados, cargados de pensamientos, dudas y sentimientos que todavía no encontraban forma para ser expresados. Camila permaneció sentada durante unos minutos más, observando la pantalla negra del teléfono, como si todavía pudiera ver el rostro de Gavin reflejado allí, con su mezcla de fuerza y vulnerabilidad que tanto la conmovía.
Respiró hondo, dejando que el aire tibio se deslizara lentamente por su pecho, intentando calmar el torbellino que tenía dentro. Sabía que Gavin estaba luchando, no solo contra el mundo exterior, sino también contra sí mismo: contra su rabia, su impotencia, su miedo a perderla. Había aprendido a reconocerlo. Cada mirada dura, cada palabra firme, cada gesto protector no nacía solo de orgullo… sino del terror silencioso de que algo pudiera dañarla.
“Vin…” susurró sin darse cuenta, como si lo llamara a través del aire.
Pero en lugar d