La mañana llegó sin pedir permiso.
El primer rayo de sol se coló tímidamente a través de las cortinas, pintando de dorado los bordes de la habitación. Camila tardó unos segundos en darse cuenta de que estaba despierta. No fue un sobresalto, no fue una pesadilla, no fue una urgencia; simplemente abrió los ojos y se encontró en medio de un silencio nuevo, distinto al de la noche. Un silencio que no era pesado, pero tampoco totalmente ligero. Un silencio expectante.
Parpadeó lentamente, permitiendo que la realidad volviera a asentarse en su mente. Por un breve instante, no recordó nada. Solo existía el presente: el aroma tenue de la mañana, la suavidad de las sábanas, el aire fresco que rozaba su piel. Luego, como si alguien hubiera girado una llave invisible dentro de su cabeza, los recuerdos regresaron uno a uno.
La llamada con Gavin.
Su preocupación.
Su rabia.
Su determinación.
El mensaje.
Ese mensaje.
“Tenemos que hablar.”
Se incorporó lentamente, sintiendo cómo la tensión volvía a i