Durante las semanas siguientes, aprendí algo que jamás había querido aprender: cómo seguir caminando con un vacío instalado permanentemente en el pecho. No era un dolor agudo que te derriba al instante, sino algo más silencioso, persistente, como una herida mal cerrada que late sin descanso. Me acostumbré a sonreír mientras por dentro aún seguía procesando despedidas que nunca terminaron de decirse.
Mateo, sin saberlo, se convirtió en mi brújula. Sus risas, sus preguntas absurdas, su manera dra