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Durante las semanas siguientes, aprendí algo que jamás había querido aprender: cómo seguir caminando con un vacío instalado permanentemente en el pecho. No era un dolor agudo que te derriba al instante, sino algo más silencioso, persistente, como una herida mal cerrada que late sin descanso. Me acostumbré a sonreír mientras por dentro aún seguía procesando despedidas que nunca terminaron de decirse.

Mateo, sin saberlo, se convirtió en mi brújula. Sus risas, sus preguntas absurdas, su manera dramática de vivirlo todo… era la prueba más certera de que la vida no se detiene, aunque una parte de ti quiera hacerlo. Intentaba no mirarlo demasiado tiempo cuando estaba callado, porque siempre terminaba imaginando futuros que no quería cargar sobre sus pequeños hombros. Yo debía ser su sostén, no su tormenta.

Un par de días después, mientras estaba sentada revisando algunos documentos, el sonido del timbre volvió a romper la tranquilidad aparente de la casa. No esperaba a nadie. Frans había di
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