La noche había caído sobre la ciudad como una manta pesada, cargada de recuerdos, silencios y cosas que nadie quería decir en voz alta. Las luces de los edificios seguían brillando, pero ya no daban la sensación de vida; parecían simplemente testigos obligados de todo lo que estaba sucediendo, tan impotentes como cualquiera de los que aún permanecían despiertos. Y, en medio de todo ese silencio, el pensamiento de Gavin volvía una y otra vez, como un eco interminable.
Porque nadie sabía dónde es