La noche había caído sobre la ciudad como una manta pesada, cargada de recuerdos, silencios y cosas que nadie quería decir en voz alta. Las luces de los edificios seguían brillando, pero ya no daban la sensación de vida; parecían simplemente testigos obligados de todo lo que estaba sucediendo, tan impotentes como cualquiera de los que aún permanecían despiertos. Y, en medio de todo ese silencio, el pensamiento de Gavin volvía una y otra vez, como un eco interminable.
Porque nadie sabía dónde estaba. Nadie sabía si estaba bien, si seguía respirando, si estaba luchando contra algo que no podía nombrar o si simplemente había decidido desaparecer. Y esa incertidumbre se estaba convirtiendo no solo en preocupación, sino en algo más profundo, algo que dolía como una herida abierta que se negaba a cerrar.
Frans lo había dicho con voz baja, como si temiera que decirlo más fuerte pudiera empeorar la realidad: Gavin seguía sin poder ser contactado. Las llamadas no entraban, los mensajes no tení