Gavin no volvió a escribir aquella noche. No porque no quisiera, sino porque ambos sabíamos que, a veces, el silencio también es una forma de cuidado. Yo apagué la pantalla, pero no apagué mis pensamientos. Me quedé largo rato mirando el techo, con el corazón dividido entre gratitud, preocupación y una extraña paz que no había sentido hacía años.
Los días siguientes transcurrieron con una calma engañosa, como esa tranquilidad que antecede a una tormenta que uno todavía no puede ver pero sabe que existe. Lola me había enviado algunos mensajes breves, respetuosos, pero cargados de culpa. Yo los leí todos, uno por uno, sin responder de inmediato. No porque quisiera castigarla, sino porque necesitaba ser honesta conmigo misma antes de decir cualquier cosa. Ayudar no siempre es sencillo, incluso cuando el corazón quiere hacerlo.
La vida siguió. La empresa siguió. Mateo siguió con su rutina, hablando, riendo, haciendo comentarios ingeniosos que a veces me salvaban de pensar demasiado. Yo tr