Se encontraron una tarde cualquiera, en un café pequeño escondido entre dos calles que casi nadie transitaba. No fue un plan, ni una coincidencia completamente inocente. Había, en ambos, una intención silenciosa de cruzarse, aunque ninguno lo admitiera.
Camila llegó primero. Eligió una mesa cerca de la ventana, donde la luz caía sin imponerse. Dejó su bolso a un lado y apoyó las manos sobre la mesa, como si necesitara asegurarse de que estaba ahí, presente. No miraba el reloj. Había aprendido a