105.

El tiempo pasó de una manera extraña mientras permanecíamos juntos en el sofá. No sabría decir cuánto exactamente. Podrían haber sido minutos o una hora entera, y aun así, la sensación era de una pausa suspendida del mundo. Como si el universo hubiese decidido concedernos un respiro, una burbuja donde nada más importaba.

Gavin fue el primero en mover ligeramente su mano, aflojando el abrazo sin romperlo por completo. Sus dedos trazaron círculos inconscientes sobre mi brazo, como si su cuerpo todavía necesitara la confirmación de que yo estaba allí.

—Mil… —su voz ya no sonaba tensa; seguía cansada, pero ahora era un cansancio con alivio.

—¿Sí?

—He estado pensando no solo en Lola, sino… en noso­tros.

Mi corazón dio un vuelco inevitable.

—¿En qué sentido?

Gavin exhaló lentamente, como si organizar sus propias ideas requiriera un esfuerzo inmenso.

—Cuando te dije que no quería perderte, no fue por dramatismo del momento. No fue solo miedo por los riesgos que has corrido estos días… —Hizo
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