Olivia había encontrado un nuevo refugio: el archivo histórico del departamento de diseño. Un laberinto de estantes con planos antiguos y muestras de telas descontinuadas. Nadie iba allí. Era silencioso, polvoriento, y olía a papel viejo. El lugar perfecto para desaparecer.
Allí, entre planos de hoteles que nunca se construyeron, podía respirar sin sentir el perfume de Isabella en el aire. Podía pensar sin escuchar el eco de sus risas a través de las paredes.
Fue allí donde Isabella la encontró.
No fue un accidente. Isabella no daba pasos en falso. Debió preguntar, deducir, seguirla. Apareció en el umbral del archivo, silueta elegante recortada contra la luz tenue del pasillo. Su vestido era de un gris perla que parecía brillar en la penumbra.
—Aquí te escondes —dijo, su voz suave pero clara en el silencio.
Olivia, arrodillada frente a una caja de muestras de los años ochenta, se puso de pie lentamente, limpiándose el polvo de las manos. No dijo nada.
Isabella entró, sus tacones hacie