Alexander ya no respondía al timbre. Ni al teléfono. El mundo podía llamar. Él no abría.
Eleanor Pembroke intentó llamar tres días seguidos. Solo contestaba el buzón de voz. Decidió ir en persona.
Llegó al edificio de lujo. El conserje la reconoció. Sabía que era una visitante habitual, una accionista importante. Pero las órdenes eran claras: nadie subía al ático sin autorización expresa del señor Vance.
—Lo siento, señora Pembroke —dijo el conserje, con respeto, pero firmeza—. Tengo instruccio