La crisis fue pequeña, casi insignificante comparada con los desastres europeos que Isabella solucionaba. Un problema con el sistema de climatización del hotel de Boston. Una falla técnica que amenazaba con arruinar una colección de plantas raras en el atrio, el orgullo del diseño de Olivia.
Clara, desde Boston, estaba desesperada. Necesitaba la autorización inmediata de Alexander para una solución costosa, y la aprobación de Olivia para modificar temporalmente el diseño.
Isabella estaba en Milán. Por primera vez en semanas, no estaba disponible.
Alexander llamó a Olivia a su oficina. Era casi la hora de salida. El piso ejecutivo estaba vacío, silencioso, sumido en esa luz dorada del atardecer que entraba por los ventanales.
—Tenemos que resolver esto ahora —dijo Alexander, sin preámbulos, señalando los planos extendidos sobre su escritorio—. Clara dice que si no actuamos en las próximas dos horas, las plantas se pierden.
Olivia asintió. Se acercó al otro lado del escritorio. Por prim