No hubo fiesta. No hubo brindis público. Nada que pudiera filtrarse a la prensa y parecer insensible o arrogante. La celebración fue tan discreta y calculada como el golpe que la había hecho posible.
Se reunieron en el estudio privado de la casa de Charles, no en el club. Las paredes de roble oscuro absorbían el sonido. Una única lámpara de escritorio iluminaba la mesa, dejando el resto de la habitación en penumbra. Dos copas de coñac. Una botella sellada, costosa. Eso era todo.
Charles sirvió.