No hubo gallos ni relojes: solo una claridad gris que no sabía si era humo, neblina o un descanso breve del silencio. La ciudad parecía recién bañada, pero sin toalla. Lena abrió los ojos sin distinguir si había dormido o simplemente había cerrado los párpados para no pensar.
El amanecer no llegó como promesa, sino como duda.
Ana no estaba en la sala. El sofá guardaba la marca tibia de un cuerpo que se fue hace poco. En la mesa quedaban una taza vacía y una nota escrita con letra apurada:
El corazón de Lena dio un golpe seco, no de susto, de reconocimiento.
El espejo.
“Fui por provisiones. No toques el espejo.”
Caminó hacia el baño con la respiración medida. El apagón había terminado, pero los aparatos no se habían recuperado del todo: la radio tenía un zumbido como de insecto atrapado, y el foco del pasillo emitía una luz amarilla que parecía temer su propia claridad. En el piso, una línea de agua —no lluvia, no fuga— marcaba un recorrido imposible desde la ventana hasta el marco de