No hubo gallos ni relojes: solo una claridad gris que no sabía si era humo, neblina o un descanso breve del silencio. La ciudad parecía recién bañada, pero sin toalla. Lena abrió los ojos sin distinguir si había dormido o simplemente había cerrado los párpados para no pensar.
El amanecer no llegó como promesa, sino como duda.
Ana no estaba en la sala. El sofá guardaba la marca tibia de un cuerpo que se fue hace poco. En la mesa quedaban una taza vacía y una nota escrita con letra apurada:
El co