El sonido era simple, casi tonto, pero después de tantos meses de algoritmos y pulsos artificiales, sonaba a música real. Lena lo miraba sin pestañear, como si esperara encontrar en el agua algún reflejo que todavía no se hubiera borrado.
El río seguía moviéndose sin pedir permiso a nadie.
A su lado, Elías bebía té de menta en un vaso prestado. Tenía la mirada limpia, como si acabara de llegar al mundo. No recordaba la secuencia de los días, ni el orden de los hechos, pero sí la textura del viento.
Lena sonrió.
—Desde siempre. Solo que antes estábamos demasiado conectados para escucharlo.
Elías asintió, sin comprender del todo, pero con la humildad de quien ya no necesita hacerlo.
—¿Hace cuánto que el río suena así? —preguntó.
Sin Aeon, sin los espejos inteligentes, sin las torres respirando en el fondo, los barrios recuperaron un tipo de oscuridad que no daba miedo.
Los postes de luz titilaban sin sincronía. Las pantallas mostraban paisajes estáticos. Las personas volvían a mir