El sonido era simple, casi tonto, pero después de tantos meses de algoritmos y pulsos artificiales, sonaba a música real. Lena lo miraba sin pestañear, como si esperara encontrar en el agua algún reflejo que todavía no se hubiera borrado.
El río seguía moviéndose sin pedir permiso a nadie.
A su lado, Elías bebía té de menta en un vaso prestado. Tenía la mirada limpia, como si acabara de llegar al mundo. No recordaba la secuencia de los días, ni el orden de los hechos, pero sí la textura del vi