Lena amaneció con los dedos arrugados, como si aún saliera del agua. Elías, con un hueco amable en el pecho donde antes había un zumbido. La ciudad se comportaba como alguien que aprende a caminar de nuevo: torpe en algunas esquinas, ligera en otras. Los anuncios volvieron, pero sin promesas histéricas; el tráfico fluyó con una paciencia atípica; los espejos devolvían por fin el tiempo justo.
El día siguiente no tuvo épica; tuvo cuerpo.
Ana llegó con pan y la libreta. Se sentaron los tres alrededor de la mesa como quien arma una guardia doméstica antes de una operación mayor.
—¿Durmieron? —preguntó Ana.
—Dormimos —dijo Lena.
—Descansar es otra cosa —admitió Elías, sonriendo con honestidad.
Ana abrió la libreta. En la página de hoy había un título subrayado: Decisión.
—El guardián escribió anoche —dijo, señalando el teléfono—. “La puerta respira. Falta el vaso entre los cuerpos.” Yo no sé traducir esa poesía, pero los conozco: significa que falta un gesto que ponga la regla en el mund