Lena amaneció con los dedos arrugados, como si aún saliera del agua. Elías, con un hueco amable en el pecho donde antes había un zumbido. La ciudad se comportaba como alguien que aprende a caminar de nuevo: torpe en algunas esquinas, ligera en otras. Los anuncios volvieron, pero sin promesas histéricas; el tráfico fluyó con una paciencia atípica; los espejos devolvían por fin el tiempo justo.
El día siguiente no tuvo épica; tuvo cuerpo.
Ana llegó con pan y la libreta. Se sentaron los tres alre