Primero fue la ausencia del pulso. No se apagó; dejó de necesitarse. Como cuando una máquina aprende a respirar sola y entonces el zumbido ya no es un dato, es ruido que se va. El blanco no cayó: se posó. Un copo enorme, sin borde, que cubrió todas las superficies de adentro.
Lena no sintió caída ni ascenso. Sintió una cama que se vuelve agua tibia, luego aire, luego nada con textura amable. No había dolor. Tampoco alivio. Había una especie de reposo sin memoria—no el olvido de golpe, sino la suspensión de la costumbre de nombrar. Se dio cuenta de que su nombre flotaba cerca, como una etiqueta desprendida de un frasco. Podía alcanzarlo. No lo hizo.
Elías estuvo ahí a la misma distancia, sin distancia. No la vio con los ojos; la supo en la temperatura. El blanco tenía zonas de calor que no quemaban y zonas de frío que no dolían. En el medio, un lugar respiraba a la medida de ambos. Si acercaba la mano—¿mano?—si acercaba la intención, el blanco hacía pequeñas ondas. No era agua; era len