Primero fue la ausencia del pulso. No se apagó; dejó de necesitarse. Como cuando una máquina aprende a respirar sola y entonces el zumbido ya no es un dato, es ruido que se va. El blanco no cayó: se posó. Un copo enorme, sin borde, que cubrió todas las superficies de adentro.
Lena no sintió caída ni ascenso. Sintió una cama que se vuelve agua tibia, luego aire, luego nada con textura amable. No había dolor. Tampoco alivio. Había una especie de reposo sin memoria—no el olvido de golpe, sino la s