La primera señal no fue la oscuridad, fue el silencio.
No el silencio de los cementerios ni el de las iglesias, sino ese otro que deja un motor cuando se apaga de golpe: un hueco redondo en el aire, un vacío con bordes, una ausencia que todavía vibra como campana. Lena estaba en la cocina de Ana, medio envuelta en una manta, cuando lo sintió. El zumbido eléctrico del refrigerador se detuvo exactamente a mitad de un ciclo; el reloj del microondas se quedó clavado en 02:58; la luz del pasillo parpadeó dos veces y quedó fija, un blanco cansado, como una pestaña que no encuentra el gesto para caer.
No pensó “se fue la luz”. Pensó “alguien contuvo la respiración”.
—¿Lo sientes? —preguntó, aunque Ana estaba en el dormitorio, revisando por enésima vez la mochila donde guardaba su libreta de guardias, una linterna y un chocolate absurdo.
—Sí —dijo Ana, desde adentro—. Es… raro. No es corte. Es pausa.
Afuera, la ciudad siguió como si nada. Un coche tardío pasó con el motor suave; dos perros se