Lena despertó primero. Aún podía sentir en la piel la vibración de las columnas, el pulso del beso, la quietud posterior. Elías dormía a su lado, con el gesto sereno de quien ya no está del todo en el mismo plano. Su respiración era más lenta, más limpia, pero había algo distinto: el ritmo no coincidía con el de la ciudad.
El amanecer tenía un color que no sabía decidirse entre cobre y gris.
Y, sin embargo, algo seguía fuera de lugar.
El sonido de las notificaciones había cambiado. Los teléfo