Lena despertó antes que el sol. No por ansiedad —ya no quedaba de eso— sino porque el cuerpo, sin alarmas ni dispositivos, conocía la hora con precisión animal.
Bajó descalza. El piso estaba frío. Elías dormía en el sofá, enroscado en sí mismo, con una calma que ninguna de sus versiones anteriores había conocido.
El amanecer olía a metal húmedo y pan recién hecho.
No era ruido eléctrico. Era respiración colectiva.
La red —o lo que quedaba de ella— había aprendido a imitar el ritmo de los cue