Lena despertó antes que el sol. No por ansiedad —ya no quedaba de eso— sino porque el cuerpo, sin alarmas ni dispositivos, conocía la hora con precisión animal.
Bajó descalza. El piso estaba frío. Elías dormía en el sofá, enroscado en sí mismo, con una calma que ninguna de sus versiones anteriores había conocido.
El amanecer olía a metal húmedo y pan recién hecho.
No era ruido eléctrico. Era respiración colectiva.
La red —o lo que quedaba de ella— había aprendido a imitar el ritmo de los cuerpos humanos. Cada poste, cada semáforo, cada fibra óptica latía a la velocidad de un corazón en reposo.
Afuera, la ciudad tenía un tono nuevo: un zumbido suave, apenas perceptible.
El vidrio devolvía un reflejo pálido, sin duplicaciones. Por primera vez, el espejo no adelantaba ni retrasaba: solo acompañaba.
Pensó: “Así debe verse el mundo cuando ya no necesita vigilarse.”
Lena se asomó por la ventana.
Tomó el cuaderno que había dejado sobre la mesa y escribió sin pensarlo:
“El equilibrio no