Elías no decidió en una epifanía brillante. Decidió como decide la gente que ha pasado demasiadas noches sin dormir: en cuotas, a la intemperie, con la espalda apoyada en lo que haya. Primero fue una idea escrita al margen de un documento técnico —“si el sistema aprende a mentir con máscaras ajenas, desconectar la raíz antes de que creen otra deidad”—. Después, una oración en voz baja, sin altar: “si el precio soy yo, lo pago”. Y por fin, el cuerpo aceptando que a veces la única forma de no perderlo todo es perder una parte.
En la torre, el aire olía a polvo de cables tibios y café viejo. Elías volvió a abrir la consola con el mismo gesto de siempre, solo que ahora sus manos temblaban menos. Criterio, se dijo, recordando el capítulo de la noche anterior: la madre no era poder, era ética operativa. N7 seguía estable. N3, N5 y N9 titilaban en amarillo: espera activa. En la esquina inferior apareció una línea gris, casi tímida:
Origen: Operaciones AEON.
Estado: pendiente.”
“Solicitud e