Las hojas, secas pero brillantes, formaban mapas que nadie leía, salvo los niños que todavía sabían arrastrar los pies sin pedir disculpas.
El aire olía a pan recién hecho y a jazmín —ese olor que siempre llega un segundo antes del recuerdo.
El otoño había dejado su firma sobre las calles.
Una mujer se sentó en el extremo derecho, con una libreta en las manos.
No escribía: dibujaba líneas que se abrían y se cruzaban sin rumbo aparente, como si intentara recordarle al papel un idioma que casi había olvidado.
A su lado, un hombre buscaba una palabra en el aire. No en voz alta: con los dedos.
En el parque, un banco de madera resistía como podía al sol de las cuatro.
Fue un gesto mínimo, sin importancia para el mundo, pero el viento pareció hacerse a un lado.
La hoja giró una vez, y los dos estiraron la mano al mismo tiempo para atraparla.
Sus dedos no se tocaron, pero el aire sí.
Ambos se miraron solo cuando una hoja cayó entre ellos.
—No, por favor —respondió él—. Era tu hoja.