Las hojas, secas pero brillantes, formaban mapas que nadie leía, salvo los niños que todavía sabían arrastrar los pies sin pedir disculpas.
El aire olía a pan recién hecho y a jazmín —ese olor que siempre llega un segundo antes del recuerdo.
El otoño había dejado su firma sobre las calles.
Una mujer se sentó en el extremo derecho, con una libreta en las manos.
No escribía: dibujaba líneas que se abrían y se cruzaban sin rumbo aparente, como si intentara recordarle al papel un idioma que cas