El mundo no desapareció al cruzar. Se transformó.
El aire se volvió más denso, una mezcla de humedad antigua y luz suspendida en partículas casi vivas. Lena sintió la presión de un lugar que no estaba hecho para pulmones humanos, pero también la sensación absurda de haber regresado a un sitio que recordaba sin haber visto jamás.
Seguía tomada de la mano de Elías. Ese contacto era lo único firme mientras el suelo parecía reconstruirse bajo cada paso como si el lugar los estuviera inventando en tiempo real.
A unos metros, la estructura que emergió de la penumbra le resultó familiar.
—¿Es la…? —susurró Lena.
—La biblioteca —confirmó Elías, sin soltarla.
Pero no era la misma. O sí, pero anterior a todas las que conocieron. Una versión primordial: columnas más altas, estanterías interminables que se curvaban como costillas de una bestia dormida, escaleras imposibles que ascendían y se perdían en ángulos que ningún arquitecto sensato habría diseñado. Y ese silencio… No era vacío. Era observ