El amanecer llegó demasiado pronto, como si hubiera tomado un atajo para alcanzarlos. Se filtró por las cortinas en franjas oblicuas, rebanando el polvo suspendido y la quietud con un filo de luz pálida. Era una mañana que pretendía ser inocente: pan recién horneado en la esquina, un camión de reparto que bostezaba, dos palomas disputándose una miga en el alféizar. Todo tenía la apariencia de una coreografía doméstica. Y, sin embargo, debajo de esa superficie, el eco seguía vibrando.
Lena no había dormido. No por miedo a los sueños —que ya había aprendido a aceptar como mensajes— sino porque la vigilia le parecía un lugar donde nada podía esconderse. Permaneció sentada en el sofá con la manta hasta la cintura, mirando la pantalla negra del teléfono como se mira el horizonte antes de una tormenta. Ana asomó en la cocina con un moño mal hecho y las pantuflas arrastrando un compás familiar.
—Pareces un fantasma —dijo con cariño sin dramatismo.
—Estoy —contestó Lena—. Y es suficiente.
Ana