El amanecer llegó demasiado pronto, como si hubiera tomado un atajo para alcanzarlos. Se filtró por las cortinas en franjas oblicuas, rebanando el polvo suspendido y la quietud con un filo de luz pálida. Era una mañana que pretendía ser inocente: pan recién horneado en la esquina, un camión de reparto que bostezaba, dos palomas disputándose una miga en el alféizar. Todo tenía la apariencia de una coreografía doméstica. Y, sin embargo, debajo de esa superficie, el eco seguía vibrando.
Lena no ha