Mundo ficciónIniciar sesiónLa invitación llegó como un recordatorio inesperado del pasado: un sobre elegante con el cumpleaños número ochenta de mi abuelo. Lo sostuve en la cocina, el papel temblando ligeramente en mis manos. Diez años de silencio absoluto —puertas cerradas, llamadas ignoradas— y ahora esto. ¿Una rama de olivo real? ¿O solo otra forma de recordarme dónde pertenecía: en las sombras?
Ligia, sentada frente a mí con una taza de té humeante, frunció el ceño.
—No vayas, Edith. Es una trampa. Tu familia no cambia.
Pero yo, todavía aferrada a una esperanza tonta, anhelaba esa conexión que nunca tuve.
—Quizás hayan cambiado —respondí, aunque sabía que era mentira.
Dejé a Caleb con ella y conduje hacia la casa de mi infancia. Llevaba el collar de mi abuela contra el pecho, no por protección mágica, sino porque su peso me recordaba sus palabras: “Elige cuando te toque a ti”. Hoy necesitaba recordarlo.
La casa bullía de invitados: autos lujosos en la entrada, meseros con bandejas, aire cargado de perfumes caros y risas fingidas. Entré con el corazón latiendo fuerte, mezcla de nervios, esperanza y miedo viejo.
Luca me vio primero. Su expresión: desdén disfrazado de sorpresa.
—Viniste —dijo, voz plana.
Intenté abrazarlo. Me detuvo con una mano firme. El calor de la vergüenza me subió a las mejillas.
—Lo siento, me dejé llevar —murmuré.
Él soltó una risa amarga.
—Conveniente, como siempre.
Antes de que pudiera responder, la voz de mi padre resonó desde el estrado, agradeciendo a los presentes por honrar al abuelo. Sus ojos se posaron en mí un segundo —fríos, indiferentes— y siguieron.
—Muchas gracias también por venir al compromiso de mi hija mayor, Mariel —anunció.
El mundo se detuvo.
¿Compromiso?
Mi mirada voló al centro de la sala. Mariel emergía radiante, abrazada a Isaías. Mi ex-esposo —el hombre que había sido mi cárcel y mi anhelo— la besaba con una pasión que nunca me dio. Sus labios se fundían en una intimidad ajena a mí. Mariel notó mi mirada y sonrió con malicia, profundizando el beso como si disfrutara clavando el cuchillo.
Luca se acercó, voz baja y venenosa.
—Esto es lo que debió ser desde el principio. Siempre fue Mariel. Tú solo fuiste la zorra que se metió en la cama de su hermana para atarlo.
Las lágrimas cayeron sin control. Rostros familiares —padres, hermanos, tíos— me miraban con burla compartida. Lo habían planeado: una humillación pública para recordarme mi lugar.
No aguanté más. Salí corriendo. El aire nocturno me azotó la cara. Subí al auto, motor rugiendo con mi caos. Conduje sin rumbo, lágrimas nublando todo. En mi cabeza se repetía: el beso, el rechazo, los años de invisibilidad.
—Nunca fui suficiente —sollocé, acelerando en la carretera oscura.
Una bocina estridente. Luces cegadoras. Luego… nada. Negro absoluto.
Isaías
La fiesta estaba en su punto álgido: champán, felicitaciones, Mariel colgando de mi brazo. Su risa tapaba el vacío que llevaba años dentro. Pero entonces llegó la llamada de la policía.
—Accidente automovilístico —dijeron. Y el nombre de Edith cayó como una piedra.
¿Por qué me importaba? Ella era el error, el estorbo que me separó de Mariel. Sin embargo, mientras corríamos al hospital, una culpa inesperada se instaló en mi pecho. Imaginé su rostro pálido, herido. Algo se removió: arrepentimiento fugaz por las palabras crueles, por las diferencias acumuladas. ¿Y si algo le pasaba? ¿Cómo se lo explicaría a Caleb?
En el pasillo del hospital caminé de un lado a otro. Mariel jugaba con el teléfono. Mis suegros temblaban. Luca contenía lágrimas. Ver a Edith vulnerable… dolía de un modo que no entendía.
Edith
Abrí los ojos a luz cegadora, pitidos de máquinas, olor a antiséptico.
—Tuviste un accidente —dijo una enfermera.
El dolor físico era nada comparado con el emocional.
Ligia llegó primero, rompiéndose en sollozos al abrazarme.
—Estás bien, gracias a Dios.
Luego llegaron ellos: familia, Isaías, rostros fingidamente preocupados. Intenté ignorarlos. Isaías se acercó, mano extendida.
—Edith, ¿cómo estás? —preguntó, voz suave por primera vez.
Sus ojos mostraban culpa. No me conmovió. Aparté su mano.
—¿Dónde está mi hijo? —pregunté fría—. No quiero nada de ti. De ninguno. Están muertos para mí.
Me fui, seguida por Ligia, dejando un silencio atónito.
En casa, con Caleb dormido, rebusqué en una caja vieja. Encontré una carta antigua de mi abuela, amarillenta, sellada con cera. La abrí con manos temblorosas.
Querida Edith, hay verdades que duelen. Mariel no es quien parece. Tu madre ocultó un nacimiento, un intercambio en la cuna. La sangre no siempre une, pero el amor que se elige sí. Tú siempre has sido mi luz. Elige serlo para ti misma.
Mi aliento se cortó. ¿Qué significaba exactamente? ¿Mariel no era mi hermana biológica? ¿O yo no era la hija que creían? El collar pesaba contra mi pecho, recordándome las palabras de mi abuela: no mendigar amor, tomarlo cuando te toca.
No era maldición. Era verdad enterrada. Y quizás, por fin, el comienzo de entender quién era yo realmente.







