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Dedicatoria
A ti, que alguna vez te sentiste invisible en tu propia historia.
A la niña que se escondía detrás de puertas cerradas para no molestar, que aprendió a sonreír cuando el pecho le dolía, que creyó que el amor se ganaba callando y sacrificándose.
A la mujer que cargó culpas ajenas, que se quedó cuando todos se iban, que pintó su dolor en lienzos que nadie miró… hasta que decidió mirarse ella misma.
A quien rompió un corazón no con rabia, sino con la valentía serena de decir: «Ya basta. Ahora elijo yo».
A los que tardaron en verte, pero cuando por fin lo hicieron, se quedaron.
Y a ti, lector, que sostienes estas páginas: si alguna vez pensaste que tu historia ya estaba escrita, que tu lugar era el margen, que el amor siempre llega tarde… o nunca… gira la página.
Porque a veces el amor no llega a primera vista.
Llega a última mirada: la que te ve cuando ya no esperas ser vista, la que se queda cuando ya no crees que alguien se quede, la que elige cuando todos los demás eligieron irse.
Esta novela es para ti.
Para la que fuiste.
Para la que estás dejando de ser.
Y para la que estás a punto de convertirte.
Con todo mi amor, y con la certeza absoluta de que mereces ser elegida.
Siempre.
Prólogo
La primera vez que vi brillar el zafiro no fue en mi cuello, sino en el de mi abuela Elena, la noche en que me contó la historia que nunca debió contarse en voz alta.
Tenía nueve años. Me llamó a su habitación después de la cena, cuando la casa ya olía a silencio y a velas recién apagadas. Se sentó en el borde de la cama, con el collar colgando entre sus dedos como una lágrima azul.
—Este collar no elige por amor, Edith —dijo con esa voz temblorosa de quien guarda demasiados años—. Elige por lo que más deseas… incluso si ese deseo te rompe.
No entendí entonces. Solo vi una piedra bonita que cambiaba con la luz: azul profundo cuando ella estaba triste, casi negro cuando discutía con el abuelo. No supe que esa noche me miraba a mí misma en un espejo que aún no existía.
Años después, cuando el mismo zafiro pesaba contra mi clavícula mientras Isaías me besaba pensando en mi hermana, recordé sus palabras. No era magia. Era advertencia.
Y yo, tonta, la ignoré.
Porque lo que más deseaba en el mundo era ser vista.
Y la vida, fiel a su crueldad, me concedió exactamente eso: alguien me vio.
Solo que nunca fui yo.
Introducción
No nací para ser la protagonista de ninguna historia.
Nací para ser la hermana que nadie recuerda en las fotos, la esposa que duerme en la habitación de invitados, la madre que sonríe mientras el hombre que ama llora por otra en la oscuridad.
Me llamo Edith Cortés.
Y durante treinta y dos años creí que mi destino era desaparecer con dignidad.
Hasta que decidí que ya no.
Esta no es una historia de amor a primera vista.
Es una historia de amor a última mirada: la que llega cuando caen las máscaras, cuando el orgullo se rompe, cuando el dolor ha quemado todo lo falso y solo queda lo verdadero.
Si alguna vez has amado tanto que te olvidaste de ti misma, si alguna vez te han hecho creer que tu lugar es el margen de la página… esta historia es tuya.
Porque yo rompí la mía.
Y no lo hice sola.
¿Quieres saber cómo se siente cuando el hombre que te destruyó se convierte en el único que puede ayudarte a reconstruirte?
Gira la página.
Te espero al otro lado.
Ya no como sombra.
Como yo.







