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Capítulo 2: Sombras del pasado

La nueva casa era modesta: paredes blancas que aún olían a pintura fresca, techos bajos que daban una ilusión de refugio íntimo, un barrio tranquilo en las afueras donde los jardines descuidados prometían, con su verdor salvaje, que todo podía empezar de nuevo. Con la mitad fría de la división de bienes —Isaías ni siquiera la discutió, como si borrarme fuera solo un trámite más, una firma en un documento que disolvía diez años de silencio compartido—, compré este lugar. Pequeño, sí, pero con ventanas amplias que dejaban entrar la luz del atardecer como un abrazo tímido sobre las heridas, un bálsamo dorado que suavizaba los bordes afilados de mi alma.

Abrí la puerta y Caleb corrió adelante, mochila al suelo con un golpe sordo, risitas rebotando contra las cajas apiladas como ecos de una alegría inocente que yo había olvidado cómo sentir.

—¡Mira, mami, hay jardín para jugar! —gritó antes de salir disparado al patio trasero, donde el césped irregular ya imaginaba piratas y tesoros enterrados bajo raíces expuestas.

Me quedé en el umbral, viéndolo desaparecer entre las sombras alargadas de los árboles, su figura pequeña fundiéndose con la luz crepuscular. Y entonces el peso cayó, un derrumbe interno que me dobló las rodillas. Me deslicé hasta el suelo de la sala, rodeada de cartón y silencio, y las lágrimas llegaron sin ruido, calientes e inevitables, trazando surcos salados por mis mejillas. Lloré por la familia que se rompió como un vidrio frágil bajo presión, por los años que se fueron como arena entre dedos abiertos, pero sobre todo por ese hueco que Isaías había agrandado en mí: un vacío que ya existía antes de él, cavado por rechazos más viejos, raíces podridas que se enredaban en mi pecho y me impedían respirar.

Mientras Caleb jugaba ajeno a todo, risas distantes como un bálsamo lejano, me acurruqué contra una caja, el cartón áspero contra mi piel como un recordatorio de lo provisional de todo. El collar de mi abuela presionaba suave contra el pecho, un peso familiar que no juzgaba, solo recordaba: sus palabras la última vez que lo vi brillar bajo la luz mortecina de su mesita, un fulgor azul que parecía contener todos los secretos del mundo.

«El amor no se mendiga, Edith. Se toma cuando te toca a ti».

Los recuerdos de la finca de los Cortés llegaron como un torrente, aguas turbias que me arrastraban a profundidades olvidadas. Una casa grande, bonita por fuera con sus fachadas de piedra pulida y jardines meticulosamente podados, pero llena de favoritismos que dolían como espinas invisibles clavadas en la piel. Mis padres querían perfección, un lienzo impecable donde proyectar sus sueños. Mariel llegó primero —rubia, etérea, ojos azules que capturaban todo como un imán irresistible—, y desde su primer llanto, ella fue la luz, el sol alrededor del cual giraba el universo familiar. Luca, el mayor, el heredero destinado a grandes cosas. Mariel, la princesa coronada con lazos de seda y elogios constantes. Yo, la tercera, la no deseada, un accidente que empañaba el cuadro perfecto.

«No queríamos otra niña que opacara a nuestra princesa» —dijo mi madre una vez, en voz baja, creyendo que no la oía, sus palabras como un veneno lento que se filtraba en mis venas.

Fiestas para ella, con globos relucientes y pasteles de múltiples pisos; regalos envueltos en lazos dorados que desataba con gracia infantil; elogios que fluían en las cenas como vino caro, embriagando a todos menos a mí. Yo observaba desde los márgenes, invisible como una sombra al mediodía: cuidando a los gemelos menores —Jaime y Omar—, leyéndoles cuentos bajo las sábanas con la luz trémula de una linterna, organizando pijamadas secretas en el ático donde sus risas eran mi único refugio. Intenté ganarme un sitio, tejiendo mi propia red de afecto con hilos frágiles. Pero Mariel tejía mentiras sutiles: un collar de la abuela "robado" (ella lo había escondido bajo mi cama, con una sonrisa maliciosa que nadie veía), acusaciones que me aislaban como un muro invisible. Pronto hasta los abuelos me miraban con lástima o desprecio, sus ojos nublados por el velo que ella había tendido.

«Eres un estorbo» —me dijo mi padre una noche, su voz como un trueno distante que reverberaba en mis sueños, y esas palabras se repitieron en mis noches solas, acurrucada en la cama con las sábanas como escudo, soñando con un amor que me viera de verdad, que iluminara los rincones oscuros donde me había refugiado.

Ese patrón se repitió con Isaías: frío, indiferente, devoto solo a Mariel como un fiel seguidor ante un altar prohibido. Su rechazo era el mismo eco familiar, un resonar doloroso que me devolvía a la niña marginada. Siempre la intrusa, la que arruinaba todo con su mera existencia.

Limpié las lágrimas con el dorso de la mano, recompuse la cara por Caleb —una máscara de serenidad que había perfeccionado con los años— y saqué el teléfono. Marqué a mi madre. Timbre tras timbre, nada. A mi padre. Silencio absoluto. A Luca, a los gemelos. Nada. Como si el divorcio me hubiera borrado del mapa familiar, un trazo invisible en un lienzo que nunca me incluyó. El rechazo ardía, conectando el desprecio de Isaías con el de mi sangre, un lazo invisible de dolor que me ataba a un pasado que no podía soltar.

Agotada, me tumbé en el sofá improvisado entre cajas, el tejido áspero contra mi espalda como un reproche sutil. El sueño llegó traicionero, un velo que me envolvió sin piedad. En él, Isaías no era el hombre cruel de siempre, el que me había congelado con su indiferencia. Sus ojos azules ardían con una pasión que nunca me dio, sus manos ásperas me atraían con urgencia primitiva, su voz ronca murmuraba:

«Edith… siempre has sido tú».

Sus labios me besaban profundo, borrando la frialdad acumulada, un fuego que devoraba el hielo de los años. Su aroma me envolvía —madera ahumada, colonia áspera mezclada con el sudor de la entrega—, sus tatuajes presionaban contra mi piel como promesas nuevas, calientes y prohibidas. Por un instante, creí en un amor posible, en un lazo que no dolía, solo ardía.

Desperté jadeante, corazón acelerado como un tambor desbocado, el collar tibio contra la piel como si hubiera guardado el calor del sueño, un eco traicionero de lo que nunca fue.

El timbre me sacó del trance, un sonido agudo que cortó el silencio como un cuchillo. Ligia en la puerta, botella de vino en mano, sonrisa que ocultaba preocupación, un faro en la niebla de mi desasosiego.

—Vine en cuanto pude —dijo, abrazándome fuerte, su calidez un ancla en el mar revuelto de mis emociones.

Nos sentamos en el suelo, descorchamos la botella mientras Caleb dormía en su habitación nueva, el corcho saltando como un suspiro de alivio. Le conté todo: el divorcio como un corte limpio que aún sangraba, las llamadas ignoradas como ecos vacíos, el sueño que me dejó expuesta, vulnerable ante un deseo que no podía enterrar del todo. Ella escuchó, ojos marrones llenos de empatía que no juzgaban, solo sostenían, y luego, con esa franqueza suya que cortaba como un bisturí preciso:

—Edith, has sufrido demasiado. Quizás sea hora de terapia. No para arreglarte —tú no estás rota—, sino para que veas la fuerza que siempre has tenido».

Sus palabras calaron hondo, como raíces en tierra seca, abriéndose paso hacia un lugar donde la luz podía filtrarse. Un primer paso hacia la luz, un atisbo de renacimiento en medio de las ruinas.

Esa noche, con la luna filtrándose por las ventanas como un velo plateado, sentí que las sombras del pasado empezaban a ceder, disolviéndose en la penumbra. El rechazo de Isaías era un eco de mi familia, sí, un lazo invisible de dolor heredado. Pero quizás, solo quizás, yo podía romper el ciclo, tejer un nuevo hilo con mis propias manos, uno que no me atara, sino que me liberara.

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