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Capítulo 2: Sombras del pasado

La nueva casa era modesta: paredes blancas, techos bajos, un barrio tranquilo de las afueras donde los jardines parecían prometer que todo podía empezar de nuevo. Con la mitad fría de la división de bienes —Isaías ni siquiera la discutió, como si borrarme fuera solo un trámite más—, compré este lugar. Pequeño, sí, pero con ventanas amplias que dejaban entrar la luz del atardecer como un abrazo tímido sobre las heridas.

Abrí la puerta y Caleb corrió adelante, mochila al suelo, risitas rebotando contra las cajas apiladas.

—¡Mira, mami, hay jardín para jugar! —gritó antes de salir disparado al patio trasero, donde el césped irregular ya imaginaba piratas y tesoros.

Me quedé en el umbral, viéndolo desaparecer entre las sombras de los árboles. Y entonces el peso cayó. Me deslicé hasta el suelo de la sala, rodeada de cartón y silencio, y las lágrimas llegaron sin ruido, calientes y inevitables. Lloré por la familia que se rompió, por los años que se fueron, pero sobre todo por ese hueco que Isaías había agrandado en mí: un vacío que ya existía antes de él, cavado por rechazos más viejos.

Mientras Caleb jugaba ajeno a todo, me acurruqué contra una caja. El collar de mi abuela presionaba suave contra el pecho, un peso familiar que no juzgaba. Solo recordaba: sus palabras la última vez que lo vi brillar bajo la luz de su mesita.

«El amor no se mendiga, Edith. Se toma cuando te toca a ti».

Los recuerdos de la finca de los Cortés llegaron como un torrente. Una casa grande, bonita por fuera, llena de favoritismos que dolían como espinas. Mis padres querían perfección. Mariel llegó primero —rubia, etérea, ojos azules que capturaban todo—, y desde su primer llanto, ella fue la luz. Luca, el mayor, el heredero. Mariel, la princesa. Yo, la tercera, la no deseada.

—No queríamos otra niña que opacara a nuestra princesa —dijo mi madre una vez, en voz baja, creyendo que no la oía.

Fiestas para ella, regalos con lazos dorados, elogios que fluían en las cenas como vino caro. Yo observaba desde los márgenes: cuidando a los gemelos menores —Jaime y Omar—, leyéndoles cuentos bajo las sábanas con linterna, organizando pijamadas secretas. Intenté ganarme un sitio. Pero Mariel tejía mentiras sutiles: un collar de la abuela "robado" (ella lo había escondido), acusaciones que me aislaban. Pronto hasta los abuelos me miraban con lástima o desprecio.

—Eres un estorbo —me dijo mi padre una noche, y esas palabras se repitieron en mis noches solas, acurrucada en la cama, soñando con un amor que me viera de verdad.

Ese patrón se repitió con Isaías: frío, indiferente, devoto solo a Mariel. Su rechazo era el mismo eco familiar. Siempre la intrusa, la que arruinaba todo.

Limpié las lágrimas con el dorso de la mano, recompuse la cara por Caleb y saqué el teléfono. Marqué a mi madre. Timbre. Nada. A mi padre. Silencio. A Luca, a los gemelos. Nada. Como si el divorcio me hubiera borrado del mapa. El rechazo ardía, conectando el desprecio de Isaías con el de mi sangre.

Agotada, me tumbé en el sofá improvisado entre cajas. El sueño llegó traicionero. En él, Isaías no era el hombre cruel de siempre. Sus ojos azules ardían con pasión que nunca me dio, sus manos ásperas me atraían con urgencia, su voz ronca murmuraba:

—Edith… siempre has sido tú.

Sus labios me besaban profundo, borrando la frialdad. Su aroma me envolvía, sus tatuajes presionaban como promesas nuevas. Por un instante, creí en un amor posible.

Desperté jadeante, corazón acelerado, el collar tibio contra la piel como si hubiera guardado el calor del sueño.

El timbre me sacó del trance. Ligia en la puerta, botella de vino en mano, sonrisa que ocultaba preocupación.

—Vine en cuanto pude —dijo, abrazándome fuerte.

Nos sentamos en el suelo, descorchamos la botella mientras Caleb dormía en su habitación nueva. Le conté todo: el divorcio, las llamadas ignoradas, el sueño que me dejó expuesta. Ella escuchó, ojos marrones llenos de empatía, y luego, con esa franqueza suya:

—Edith, has sufrido demasiado. Quizás sea hora de terapia. No para arreglarte —tú no estás rota—, sino para que veas la fuerza que siempre has tenido.

Sus palabras calaron hondo, como raíces en tierra seca. Un primer paso hacia la luz.

Esa noche, con la luna filtrándose por las ventanas, sentí que las sombras del pasado empezaban a ceder. El rechazo de Isaías era un eco de mi familia, sí. Pero quizás, solo quizás, yo podía romper el ciclo.

Este capítulo ahora fluye como puente perfecto: profundiza en el trauma sin ahogar, muestra vulnerabilidad y cierra con esperanza sutil (terapia como acto de empoderamiento). El collar refuerza el tema de amor propio heredado.

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