Mundo ficciónIniciar sesiónLa caja de mudanza se abrió con un crujido seco. Dentro, un revoltijo apresurado: fotos amarillentas, un vestido olvidado y, al fondo, el diario de t***s desgastadas que no tocaba desde hacía diez años.
Me senté en el suelo de la sala. Las páginas se abrieron casi solas en una entrada fechada hace una década. Las palabras, garabateadas con mano temblorosa, me arrastraron de vuelta a esa noche de abril. La que lo cambió todo. No solo el comienzo de un matrimonio forzado, sino el epicentro de mi ruina… y, de algún modo retorcido, de mi salvación.
Era una tarde cargada de tormenta inminente. El aire olía a tierra húmeda y jazmines marchitos del jardín familiar. Yo tenía diecisiete años, invisible en una casa donde todo giraba alrededor de Mariel.
La vi bajar las escaleras con maletas. Isaías la seguía, desesperado. Él tenía veinticinco, un hombre con aura de peligro y magnetismo que cortaba el aliento. Su relación con Mariel era un vaivén que ella controlaba: pasión cuando quería, rechazo cuando le convenía. Esa vez lo dejaba por un hombre adinerado, un “hombre de verdad”, como dijo con desdén mientras él suplicaba.
—Vuelve, mi amor. Seré mejor —gemía, la voz ronca quebrándose.
Mariel se fue sin mirar atrás.
Esa noche lo encontré en la oficina de mi padre, vaciando el bar. Botellas vacías rodaban por el suelo. El aroma a whiskey lo impregnaba todo. Isaías era un desastre: ojos rojos, cabello revuelto, camisa desabotonada dejando ver el torso y los tatuajes. Murmuraba su nombre una y otra vez: “Mariel, Mariel, ¿por qué?”.
Mi corazón, ese tonto que lo amaba en secreto, no aguantó verlo así. Me acerqué con un vaso de agua. Él levantó la vista a través de la niebla del alcohol. Algo cambió en sus ojos.
—Mariel… has vuelto —murmuró, extendiendo una mano temblorosa hacia mi rostro.
Mis ojos azules, idénticos a los de ella, lo engañaron. Llevaba el collar de mi abuela esa noche —un capricho, lo había sacado del joyero por curiosidad—. Su peso frío contra mi piel me recordó sus palabras: “El amor no se mendiga. Se elige cuando te toca a ti”.
Intenté apartarme. Sabía que no era a mí a quien veía. Pero su mano capturó la mía. El calor de su piel me paralizó.
—No llores, mi amor —susurró, atrayéndome en un abrazo que olía a desesperación y deseo contenido.
Su aliento rozó mi cuello. Sus labios encontraron los míos en un beso voraz, intenso. Mi primer beso. Abrumador. Sus manos ásperas recorrieron mi espalda con urgencia real, y yo, vulnerable y enamorada en secreto, me entregué. Sabía que era un error. Sabía que susurraba su nombre entre besos. Pero en ese momento quise creer que era mía, aunque fuera una ilusión.
Nos entregamos en la habitación de invitados, bajo sábanas que olían a lavanda seca. Fue crudo, febril. Su cuerpo sobre el mío, gemidos roncos mezclándose, un ritmo que borraba el mundo por un rato. Para mí fue deseo y sacrificio. Para él, consuelo en un fantasma.
Al amanecer, la ilusión se rompió. Despertó confuso, resaca en los ojos. Al verme a su lado, el asco torció su rostro.
—¿Qué demonios haces aquí, Edith? —espetó, voz gélida.
Se vistió rápido. Me acusó de seducirlo a propósito, de arruinar su oportunidad con Mariel.
—Sabías que te confundí con ella, ¡zorra manipuladora! —gritó.
Cada palabra fue una daga. El collar colgaba frío y pesado, solo un objeto más en mi pecho.
El escándalo estalló esa mañana. Mi padre me arrastró al salón. Todos estaban allí: madre, Luca, Mariel, hasta los gemelos. Me miraban con desprecio compartido.
—Vete. No tengo una hija como tú —rugió mi padre, echándome como a un perro.
Nadie intervino. Mi madre apartó la vista. Luca sacudió la cabeza. Mariel sonrió con malicia triunfante.
Me fui a casa de Ligia. Ella me acogió sin preguntas, secó mis lágrimas mientras yo trabajaba en cafeterías y tiendas, ahorrando para la universidad que soñaba.
Una semana después, las náuseas lo confirmaron: estaba embarazada. Intenté volver a casa. Mis padres no me dejaron pasar. Busqué a Isaías. Sus padres me cerraron la puerta, llamándome “cazafortunas”. Al final le conté la verdad.
Incluso si es mío, aborta esa cosa —espetó con frialdad.
Regresé con Ligia, turnos dobles, hasta que ocho meses después el abuelo de Isaías se enteró y lo obligó a casarse por el niño. Una ceremonia fría, sin amor, solo obligación. Diez años de indiferencia, camas separadas y palabras hirientes nacieron de esa noche.
Cerré el diario con manos temblorosas. Esa noche me dio a Caleb, mi luz. Pero también me ató a un amor que nunca fue mutuo.
Toqué el collar. No era maldición. Era solo plata y zafiro, y el recuerdo de mi abuela diciéndome que merecía ser elegida.
¿Era posible romper el ciclo?
Mientras la luna se filtraba por la ventana, sentí, por primera vez, que quizás sí.
Las sombras del pasado seguían densas. Pero ya no eran inescapables.







