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Capítulo 1: El eco del divorcio

La pluma temblaba en mi mano cuando tracé mi nombre en la línea punteada.

Edith Cortés.

Un trazo negro, seco, definitivo.

El abogado me miró por encima de las gafas empañadas por el vapor de su café.

—Es lo mejor para ambos —murmuró con esa piedad profesional que solo agrava el vacío.

No respondí. Sus palabras se perdieron en el remolino de recuerdos que ya me arrastraba hacia atrás, como un río inverso que me devolvía a orillas olvidadas.

Salí de la oficina con los papeles en el bolso: un peso extraño, liberador y aterrador al mismo tiempo. Conduje hacia la casa que había sido nuestra —de nombre, nunca de verdad—, una construcción elegante en las afueras, con jardines que planté yo sola en intentos vanos de echar raíces en tierra estéril. El sol de la tarde se filtraba entre las nubes, tiñendo el asfalto de un dorado melancólico, como si el mundo supiera que algo se rompía irreparablemente.

En un semáforo, metí la mano en el bolso y saqué el collar de mi abuela Elena. Plata envejecida, un zafiro sencillo que captaba la luz del atardecer y la devolvía en destellos azules tranquilos, como un latido suspendido en el tiempo. Ella me lo había dado poco antes de morir, con esa voz suave que siempre usaba para decir verdades duras:

«El amor no se gana callando, Edith. Se elige. Y a veces hay que elegirte a ti primero».

Lo colgué al cuello. Su peso familiar me ancló un poco, como si aún pudiera oírla susurrándome que merecía más, que el silencio no era mi destino.

El recuerdo del quince de abril irrumpió sin permiso, como un relámpago que ilumina lo que preferirías mantener en sombras.

El cumpleaños dieciséis de Mariel. Globos plateados flotando, risas como confeti esparcido por el viento. Yo tenía diecisiete, una sombra al borde de la fiesta, invisible entre los invitados que orbitaban alrededor de ella. Mariel era el centro: cabello rubio en ondas perfectas, ojos azules que atraían todas las miradas, gracia que hacía girar el mundo a su alrededor, como si el universo mismo conspirara para su brillo.

Y allí estaba él: Isaías Domínguez. Alto, con el cabello negro revuelto como una tormenta inminente, ojos de un gris profundo que prometían secretos y caos, tatuajes asomando por el cuello de la camisa como promesas prohibidas. Lo vi y sentí esa certeza absurda del primer amor: él era mi destino, un lazo invisible que me ataba a algo más grande, más peligroso.

Pero sus ojos solo buscaban a Mariel.

Esa noche, después de que ella lo rechazara una vez más —caprichosa, dejando un rastro de destrozo en su estela como un huracán indiferente—, lo encontré ebrio en la habitación de invitados. El aire olía a whiskey derramado y a soledad amarga. Me acerqué a consolarlo, mi corazón latiendo con una mezcla de compasión y anhelo prohibido. Él, perdido en la niebla del alcohol, levantó la vista y murmuró su nombre.

«Mariel… has vuelto».

Sus manos ásperas encontraron mi rostro, ásperas como la realidad que no quería ver. Sus labios capturaron los míos en un beso febril, desesperado, cargado de whiskey y deseo equivocado. Su aroma —madera ahumada, colonia áspera mezclada con el sudor de la noche— me envolvió como una niebla densa. Por un instante me entregué, saboreando lo que nunca sería mío, el calor de su cuerpo presionando contra el mío, sus tatuajes rozando mi piel como promesas rotas que ardían al tacto.

Al amanecer, el asco en su mirada me devolvió a la realidad, un golpe frío que extinguió cualquier ilusión. Me acusó de manipularlo, de arruinar su oportunidad con ella, su voz un eco de desprecio que se clavó en mi pecho como una espina. Ese error —esa noche de fuego equivocado— plantó a Caleb. Y con Caleb, la condena de un matrimonio frío, de apariencias frágiles y camas separadas, donde el silencio era el único compañero fiel.

Entré en la casa. El aire aún olía a él, a esa mezcla de colonia y ausencia que me había atormentado tantos años.

En la sala, Isaías jugaba en el suelo con Caleb. Nuestro hijo de nueve años corrió hacia mí con los brazos abiertos, su inocencia un bálsamo temporal.

«¡Mami!»

Lo abracé fuerte, su cuerpecito cálido contra el mío, disipando por un segundo el nudo en mi pecho que amenazaba con ahogarme. Acaricié su cabello, conteniendo las lágrimas que quemaban en mis ojos como brasas ocultas.

Isaías levantó la vista. Sus ojos fríos como acero erigieron un muro invisible entre nosotros, un muro que yo había ayudado a construir con mi silencio.

—Es hora de irnos, Caleb —dije suavemente, la voz quebrada por un hilo de resignación.

Ya me dirigía al auto cuando me llamó, su voz un eco distante.

«Edith».

Me volví, con una esperanza absurda latiendo aún en el pecho, un pulso traicionero que no había aprendido a callar. Anhelaba que pidiera que nos quedáramos, que admitiera que algo en él aún me necesitaba, que el lazo invisible no se había roto del todo.

Pero sus palabras fueron dagas precisas, afiladas por años de resentimiento:

«Esto es lo mejor. Nunca te amé, y nunca lo haré. Mi corazón siempre ha sido de Mariel. Tú fuiste un error, un estorbo que arruinó mi oportunidad con ella».

Cada sílaba rompió algo dentro de mí, un cristal frágil que se astillaba en silencio. El aroma de su cercanía —el mismo que me había embrujado años atrás— ahora me asfixiaba, un recordatorio tóxico de lo que nunca fue real. Sus tatuajes, visibles bajo la camisa entreabierta, parecieron burlarse de la pasión que nunca fue mía, de los toques que solo existieron en sombras.

Quería gritar, llorar, arrancarme el collar del cuello y arrojarlo al olvido. Pero en lugar de eso, subí al auto con Caleb. Arranqué y dejé atrás la casa y al hombre que había amado en vano, el motor rugiendo como un eco de mi propio corazón herido.

Mientras conducía hacia lo desconocido, el zafiro captó un rayo de sol y brilló suave, como un recordatorio silencioso de las palabras de mi abuela, un faro tenue en la tormenta.

El divorcio no era el fin. Era el comienzo de algo que aún no podía nombrar, un horizonte incierto donde el dolor se transformaba en posibilidad.

Sobreviviría. Por Caleb. Por mí.

Y esta vez, elegiría yo.

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