La luz de la lámpara de mesa caía en un círculo ámbar sobre el escritorio improvisado en mi habitación: un rincón reclamado entre cajas y lienzos a medio pintar. Pasada la medianoche, Caleb dormía en la habitación contigua, su respiración suave como un metrónomo que me recordaba por qué seguía respirando yo.
Frente a mí, el collar descansaba sobre un paño de terciopelo negro que Ligia me había prestado —“para que no se oxide”, dijo, aunque ambas sabíamos que no era el metal lo que me preocupaba