Mundo ficciónIniciar sesiónLos días después del accidente transcurrieron en una quietud frágil, como si el mundo me hubiera dado un respiro antes de decidir si golpear de nuevo. El médico ordenó reposo absoluto una semana. Me instalé en casa con las cortinas entreabiertas, dejando que rayos tímidos de sol entraran y dibujaran polvo suspendido en el aire.
Caleb se convirtió en mi ancla. Preparaba desayunos torpes —cereales derramados, leche que se salía del tazón— y pegaba dibujos en la nevera con imanes de colores.
—Para que te cures pronto, mami —decía con esa voz dulce que calmaba el dolor sordo en mis costillas y el más hondo en el pecho.
Ligia llegaba todas las tardes con sopa casera, revistas viejas y esa energía que no me dejaba hundirme del todo.
—No vas a quedarte aquí llorando por gente que no te merece —repetía mientras ordenaba las cajas que aún estaban por ahí.
Una tarde, mientras Caleb jugaba en el jardín, sacó un folleto arrugado de su bolso.
—Clases de arte en el centro cultural. Empiezan la próxima semana. Pintura al óleo, acuarela, lo que quieras. Siempre dijiste que te gustaba dibujar de niña.
Lo miré como si me tendiera una cuerda para salir del pozo. El arte había sido mi refugio secreto en la adolescencia: cuadernos escondidos bajo la cama, bocetos de paisajes que nunca mostré porque Mariel se habría reído y mis padres habrían dicho que era tiempo perdido. Ahora, con treinta y tantos años y el corazón en pedazos, sentí que era hora de recuperarlo.
Me inscribí esa misma noche. Elegí óleo porque quería sentir el peso del pincel, la textura densa de la pintura, la posibilidad de cubrir errores con capas nuevas.
Al día siguiente corté el último hilo que me ataba a mi familia: bloqueé sus números, borré correos, dejé de mirar las fotos que aún guardaba en un cajón. No fue dramático. Fue silencioso y definitivo, como cerrar una puerta que nunca se había abierto del todo para mí.
—Ya no hay vuelta atrás —le dije a Ligia esa noche, mientras bebíamos vino en el porche.
Ella levantó su copa.
—Por el renacer en la soledad. Que sea ruidoso y hermoso.
La primera clase fue un jueves por la tarde. El aula olía a trementina y lienzos frescos, un aroma que me llevó de vuelta a recuerdos borrosos de infancia. El profesor, Julio Montes, rondaba los cuarenta: cabello castaño con hilos grises, manos manchadas de pintura, sonrisa tranquila que no pedía nada. Nos dio la bienvenida con voz grave y cálida.
—El óleo no perdona errores —explicó—, pero los transforma.
Mientras mezclaba colores en la paleta, me miró directo.
—El lienzo no juzga. Tú decides qué queda.
Algo en su forma de hablar —sin prisa, sin condescendencia— me hizo sentir vista por primera vez en mucho tiempo. Durante la clase me acerqué a su mesa para preguntar por una técnica de sombreado. Nuestras manos se rozaron al pasar el pincel: contacto casual que dejó un rastro de calor inesperado en mi piel. Julio sonrió, sin apartar la mirada.
—Tienes buen ojo para la luz —dijo.
Por un segundo olvidé el peso del collar en mi cuello.
Isaías apareció el sábado siguiente sin avisar. Golpeó la puerta con nudillos firmes, como si aún tuviera derecho a entrar en mi mundo. Caleb corrió a abrir, emocionado.
—¡Papi!
Lo vi abrazarlo desde la cocina. Mi cuerpo se tensó al instante cuando Isaías cruzó el umbral. Camiseta negra ajustada, cabello revuelto, esa expresión que antes me hacía temblar de deseo y miedo. Ahora solo me daba cansancio.
—Vine por Caleb —dijo, voz ronca—. El fin de semana es mío.
—Lo sé —respondí fría, cruzándome de brazos—. Pero no entras sin avisar. Y no te quedas más de lo necesario.
Se quedó quieto en el pasillo, observándome. Noté algo distinto en su mirada: no era indiferencia ni desprecio puro. Había inquietud, un brillo de duda que no había visto antes.
—¿Cómo estás después del accidente? —preguntó, bajando la voz—. ¿Te duele algo?
—Estoy bien —mentí, aunque aún sentía pinchazos al respirar hondo—. No necesitas preocuparte. Ya no soy tu responsabilidad.
Caleb tiró de su mano, queriendo mostrarle la habitación nueva. Isaías lo siguió, pero antes de entrar se volvió hacia mí.
—Edith… lo de la fiesta… no fue mi idea. No sabía que te invitarían para eso.
—Pero no lo detuviste —repliqué, voz baja y afilada—. No dijiste nada cuando me humillaron delante de todos. Ahórrate las excusas.
Sus ojos se oscurecieron. Pensé que discutiría. En cambio, asintió, como si mis palabras hubieran tocado un lugar blando dentro de él.
—Tienes razón —murmuró—. No lo detuve.
Se agachó a hablar con Caleb, pero su mirada volvió a mí una y otra vez, midiendo el abismo entre nosotros, preguntándose si quedaba algún puente. Cuando se fueron —Caleb despidiéndose con besos ruidosos—, me quedé sola en la sala. El silencio cayó pesado. Toqué el collar: solo plata fría contra la piel.
Julio y su sonrisa tranquila volvieron a mi mente, contraste suave con la tormenta que Isaías siempre traía. No era amor lo que sentía por el profesor; era curiosidad, posibilidad. Un atisbo de que podía existir un hombre que no me viera como error. Y sin embargo, esa mirada diferente de Isaías se quedó grabada, como una grieta en una pared que creí impenetrable.
Esa noche pinté mi primer lienzo en la mesa del comedor: un paisaje tormentoso, cielo roto por relámpagos. Me di cuenta de que el renacer no era solo cortar lazos viejos. Era aprender a reconocer cuándo un corazón herido empezaba a latir de nuevo. Y en ese latido había espacio para la soledad… y quizás, algún día, para algo más.







