La nueva casa era modesta: paredes blancas, techos bajos, un barrio tranquilo de las afueras donde los jardines parecían prometer que todo podía empezar de nuevo. Con la mitad fría de la división de bienes —Isaías ni siquiera la discutió, como si borrarme fuera solo un trámite más—, compré este lugar. Pequeño, sí, pero con ventanas amplias que dejaban entrar la luz del atardecer como un abrazo tímido sobre las heridas.Abrí la puerta y Caleb corrió adelante, mochila al suelo, risitas rebotando contra las cajas apiladas.—¡Mira, mami, hay jardín para jugar! —gritó antes de salir disparado al patio trasero, donde el césped irregular ya imaginaba piratas y tesoros.Me quedé en el umbral, viéndolo desaparecer entre las sombras de los árboles. Y entonces el peso cayó. Me deslicé hasta el suelo de la sala, rodeada de cartón y silencio, y las lágrimas llegaron sin ruido, calientes y inevitables. Lloré por la familia que se rompió, por los años que se fueron, pero sobre todo por ese hueco que
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