El suave compás de la música se fundía con el latir de su corazón. Del brazo de su padre, Valeria comenzó a caminar por el pasillo de piedra que se abría entre los viñedos. Cada rostro era una mancha sonriente, pero sus ojos solo buscaban uno: el de Elías, esperándola al final bajo el cenador adornado con enredaderas y flores blancas. La brisa acariciaba su velo, y los zafiros de su madre parecían latir en su cuello al compás de sus pasos.
Fue entonces cuando Esteban se detuvo. La mano de Vale