La mañana de la boda bañaba Hacienda Renacer en una luz dorada y llena de promesas. En la suite nupcial, el aire olía a flores frescas y nervios felices. Clara, convertida en una general de la elegancia, dirigía con cariño y firmeza a la maquillista y la estilista que afianzaban los últimos detalles del look de Valeria.
El vestido no era una explosión de encajes, sino una obra maestra de sencillez y clase. De un blanco hueso, de corte impecable, caía en líneas fluidas que realzaban la figura d