La mañana filtró su luz tenue a través de las cortinas del dormitorio de Elías. Valeria se vestía con calma. De pronto, unos brazos fuertes la rodearon por la cintura, deteniéndola.
—No quiero dejarte ir —murmuró Elías contra su nuca, su voz ronca por la noche de pasión y la desazón de la despedida.
—Trataré de volver pronto —prometió ella, girándose en su abrazo.
Pero la promesa se quebró cuando él la besó. No fue un beso de despedida, sino de posesión, de una necesidad que parecía no tener fo