Sobre el amplio escritorio de roble en la finca Montenegro, las pruebas estaban dispuestas con una precisión casi quirúrgica. Cada documento, cada fotografía, cada estado de cuenta era un hilo que, al tirar de él, desmoronaría la fachada de los Brévenor y los Auravel. Elías las contemplaba, pero en lugar de la satisfacción feroz que esperaba sentir, solo había una pesadez profunda en su pecho.
El camino hasta aquí había estado pavimentado con rabia y la obsesión por la justicia. Pero ahora, en