Esteban esperaba en el vestíbulo principal, su mirada, convertida en hielo afilado, Valeria tenía el cabello ligeramente desordenado y un brillo de desafío en sus ojos azules que él nunca antes le había visto. Ya no era la hija sumisa, sino una mujer que había probado su propia voluntad.
—¿Has perdido por completo la cabeza? —rugió Esteban, avanzando hacia ella. Su voz, un trueno contenido, hacía temblar los cristales de la araña—. ¿En mis propias bodegas? ¡Con ese… nadie!¡Eres una desvergonzad