Mundo de ficçãoIniciar sessãoEn Toronto, lejos del control asfixiante de sus padres, Eveline Harrington intenta terminar su último año de medicina y recuperar el aire que le fue arrebatado durante toda su vida. Inteligente, reservada y más fuerte de lo que aparenta, Evie ha aprendido a sobrevivir bajo expectativas imposibles… pero no a confiar. Bajo el mismo techo vive Adler, su hermanastro. Frío. Meticuloso. Implacable. Un hombre que construyó un imperio lejos de la sombra de su padrastro y que no permite que nadie cruce las murallas que levantó alrededor de sí mismo. Entre ellos existe una convivencia tensa, marcada por silencios, pullas y una cercanía que ninguno está dispuesto a definir. Cuando Catherine y Richard, los padres de Evie, irrumpen en Toronto con la intención de retomar el control, viejas heridas se abren. El pasado regresa como una amenaza real, recordándoles que no basta con cambiar de ciudad para escapar del miedo. Mientras Evie lucha por consolidarse como médica en un entorno exigente y demostrar que no es la niña frágil que su madre cree, Adler enfrenta los demonios que arrastra desde la infancia, decidido a no permitir que el infierno vuelva a instalarse en su casa. Entre prácticas médicas, noches de tensión contenida, enfrentamientos familiares y conversaciones cargadas de electricidad, la línea entre el deber y el deseo comienza a difuminarse. Lo que empezó como una convivencia distante se transforma en algo más complejo, más peligroso… más inevitable. Pero hay reglas. Y romperlas podría destruirlo todo. En un mundo donde el poder se impone y el amor se esconde detrás del orgullo, Evie y Adler deberán decidir si siguen viviendo bajo las expectativas de otros… o si se atreven a construir algo propio, aunque eso implique enfrentarse a aquello que más temen.
Ler maisYo me llamo Eveline Harrington Prescott y eso, por sí solo, ya viene cargado de expectativas, de cámaras invisibles, de rumores que nunca preguntan si son verdad.
Nací dentro de una familia multimillonaria y jodidamente famosa, donde el apellido pesa más que cualquier emoción y donde aprender a posar es tan importante como aprender a respirar. Desde muy temprano entendí que no se espera que sienta, sino que funcione. Que encaje. Que luzca bien. Que no incomode. Soy un cubo de hielo. No porque haya nacido así, sino porque fue la única forma de sobrevivir sin romperme en pedazos frente al mundo. Mi madre, Catherine Prescott, es el ejemplo perfecto de belleza vacía. Modelo eterna, figura impecable, sonrisa entrenada frente a los flashes. Vive de las apariencias porque las apariencias nunca le exigieron profundidad. Todo en ella es pulcro, distante, calculado. Me enseñó a mantener la espalda recta, la mirada firme, el rostro inexpresivo. No con palabras, sino con su forma de existir. Catherine no abraza; posa. No escucha; asiente. No ama; representa. Ser su hija significa aprender que el valor está en lo que proyectas, no en lo que sientes. Mi padre, Richard Harrington, es un empresario admirado, respetado, intocable. Un hombre al que el mundo le cree todo porque sabe exactamente qué mostrar y qué ocultar. En público, es impecable. En privado, es otra cosa. Siempre lo fue. Con él aprendí que el silencio puede ser una orden y que el poder no necesita gritar para aplastar. En esta familia, nadie cuestiona a Richard. Nadie mira demasiado de cerca. Nadie quiere saber. Y luego está él. Mi hermano adoptivo. El error más hermoso y más peligroso de este sistema perfectamente podrido. El empresario más famoso de Canadá. Uno de los hombres más bellos del mundo, según revistas que nunca se cansan de repetir su nombre. Inteligente, frío, brillante. Admirado. Temido. Intocable. Él es la prueba viviente de que incluso desde la m****a se puede construir un imperio. Y también es el recordatorio constante de que no todo lo que brilla viene de un lugar limpio. Crecimos bajo el mismo techo durante un tiempo, pero nunca en el mismo mundo. Él aprendió a endurecerse para no ser destruido. Yo aprendí a desaparecer sin irme. Mi físico siempre fue parte del espectáculo. Mi cabello es largo, cae hasta mis caderas como una cascada dorada, rizado de forma natural, imposible de domar del todo. Rubio cálido, brillante incluso cuando no hago nada para que lo sea. Mis ojos son azules, claros, atentos, demasiado despiertos para alguien que aparenta no sentir. Mi piel es blanca, salpicada de pecas que contrastan con un tono rosado suave, casi delicado, como si el cuerpo insistiera en verse inocente aunque yo ya no lo sea. Todo en mí parece cuidadosamente diseñado para encajar en una portada, en una campaña, en una fantasía ajena. Tengo un cuerpo que el mundo llama perfecto sin preguntarme si quiero serlo. Curvas marcadas, proporcionadas, inevitables. Piernas blancas y gruesas que sostienen más peso emocional del que deberían. Caderas amplias, trasero redondo y voluminoso, una silueta que atrae miradas incluso cuando no las busca. Aprendí pronto a moverme con control, a no dar demasiado, a no ofrecer nada que no esté calculado. Porque aquí, incluso el cuerpo es un mensaje. Y el mío siempre habló más fuerte de lo que yo quería. Pero todo eso es superficie. Por dentro soy contención pura. Frialdad aprendida. Silencio funcional. No reacciono rápido, no exploto, no lloro frente a nadie. Observo. Analizo. Resisto. Me hice hielo porque el hielo no sangra, no se quiebra con facilidad y no deja rastros. Porque sentir, en esta familia, siempre fue peligroso. Porque mostrar debilidad era ofrecer una grieta. La gente cree conocerme porque ha visto fotos, desfiles, titulares. No saben nada. No saben cómo se siente crecer en una casa donde todo es lujo y nada es seguro. No saben lo que cuesta mantener la compostura cuando lo único que quieres es salir corriendo sin mirar atrás. No saben que el silencio no es elegancia, es defensa.Salí de mi habitación después de haber pasado la tarde revisando documentos sin realmente leerlos, la cabeza llena de ruido y el silencio de la casa pareciendo más pesado de lo normal, el tipo de silencio que no calma sino que recuerda demasiado, caminé por el pasillo con las manos en los bolsillos del pantalón, intentando ordenar mis pensamientos, cuando la vi al final del corredor, apoyada contra la pared, con el abrigo aún puesto y el cabello ligeramente desordenado por el viento del exterior, estaba mirando hacia el suelo, distraída, como si estuviera preparando una respuesta antes de que alguien la interrogara, levantó la vista al notar mis pasos y por un segundo su expresión cambió, apenas un destello de tensión que intentó esconder de inmediato.—Llegaste tarde —dije sin suavizar el tono, deteniéndome frente a ella.Evie sostuvo mi mirada apenas un instante antes de apartarla, ese gesto no pasó desapercibido, nunca lo hacía.—Fui a ver el partido —respondió con naturalidad forz
Pov EvelineMe senté en los asientos traseros del auto de Lidia, saqué un vaquero holgado y una camiseta top, era un poco corta, pero el pantalón me quedaba a la cintura, además había sido dotada con la perfecta figura de mi madre, otra de las pocas cosas que agradecía.A pesar de tener un busto pequeño, pero a mí me gustaba, no eran limones, pero tampoco eran grandes. Tenía caderas anchas, costillas delgadas, y una cintura diminuta, caderas anchas, piernas un poco gruesas y un trasero redondo y voluminoso.No podía quejarme, una figura esbelta, tenía rasgos finos, hombros frágiles, espalda y cuello delicados.Me quité el uniforme y me vestí, Lidia hizo lo mismo, iríamos a un partido, había insistido en ir, desde pequeña me había gustado el fútbol, y jugábamos en escondidas de nuestras madres, ya que las 'señoras perfectas' decían que era un deporte para hombres, qué una Prescott debía ser femenina.—Oye, pero ¿Realmente apartaste asiento Lidia— Pregunté mientras me hacía una coleta a
El reloj marcaba pasada la medianoche cuando desperté con la sed pegada a la garganta, la casa estaba sumida en un silencio pesado, solo roto por el leve zumbido del aire acondicionado. Me levanté despacio, con cuidado de no hacer ruido, y caminé hacia la cocina. El pasillo parecía más largo de lo que era, y mis pies descalzos apenas hacían contacto con la alfombra. Tomé un vaso y lo llené de agua, cuando escuché un crujido provenir del patio trasero. Mi corazón dio un salto, el susto inicial se mezcló con curiosidad. Sin pensarlo demasiado, abrí la puerta corrediza que daba al jardín y la brisa nocturna me golpeó suavemente. Allí estaba, más de lo que esperaba, Asher, el gato negro enorme, acurrucado en las piernas de Adler, quien estaba sentado sobre el césped, la espalda recta, la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba, contemplando las estrellas. Su abrigo oscuro se mezclaba con la sombra del césped y la luz de la luna delineaba su silueta con precisión, como si siempre
Subí las escaleras sin mirar atrás, con la sensación pegajosa de que el aire en la casa ya había cambiado incluso antes de que ellos cruzaran la puerta, como si su sola presencia en la ciudad contaminara todo lo que yo había logrado sentir como seguro, cerré la puerta de mi habitación con cuidado, sin hacer ruido, apoyé la espalda contra la madera y respiré hondo, una vez, dos veces, hasta que el temblor en mis manos fue apenas perceptible, luego caminé hacia el baño, encendí la ducha y dejé que el agua caliente corriera varios segundos antes de meterme bajo el chorro, necesitaba que el vapor me envolviera, que borrara el olor del hospital, pero sobre todo que borrara el recuerdo anticipado de su perfume, de su voz, de su manera de decir mi nombre como si le pertenecieraCerré los ojos mientras el agua recorría mi cabello, mi cuello, mi espalda, y por un momento me permití sentir rabia en lugar de miedo, rabia por tener que prepararme mentalmente para cenar bajo el mismo techo que mi
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