El motor del sedán familiar zumbaba con una constancia hipnótica, un contrapunto mecánico al denso silencio que reinaba en el interior. Valeria apoyaba la frente contra el vidrio frío de la ventanilla, los ojos cerrados. Un latido sordo, persistente, le martillaba las sienes. Las imágenes de las últimas horas se sucedían en su mente como un caleidoscopio agotador: la piel de Elías bajo sus manos, la furia helada en los ojos de su padre, la intervención serena de Mauricio... Era demasiado.
Gabri