La puerta de la bodega se abrió de golpe antes de que Elías o Valeria pudieran recomponerse del todo. Esteban estaba en el marco, su rostro una máscara de fría furia. Sus ojos barrieron la escena: a su hija con el cabello desordenado y las mejillas sonrojadas, al intruso con la camisa mal abrochada y la respiración aún agitada. El aire olía a sexo y a traición.
—Parece que la visita profesional fue… intensa —dijo Esteban, cada palabra cargada de hielo.
—No me casaré con Mauricio, padre. Punto