446. Perfección en ruinas.
Narra Jean-Pierre.
La daga entra con elegancia. No me tiembla la mano. El traidor —un ex teniente sin gracia, con los dedos gordos y las uñas mal cuidadas— se arquea como si la muerte le sorprendiera. Qué banal.
—No me mires así, cariño —le susurro, con la voz tan limpia como el filo que ahora le atraviesa el estómago—. No es personal. Es arte. Vos, simplemente, sos el lienzo equivocado.
La sangre cae en gotas perfectas, rojas como cerezas de un jardín maldito, manchando el mármol del suelo que