387. El arte de romper ídolos.
Narra Ruiz
Lo escuché.
No me preguntes cómo.
No sé si fue la puta tablet que dejó encendida sin darse cuenta o si lo hizo a propósito, como quien deja un perfume caro flotando en el aire antes de entrar a matar. Como si su voz fuese una trampa más, una cuerda invisible atada al oído. Pero lo escuché.
Su voz.
Ese tonito de mármol pulido, afilado como bisturí, que usa para jugar al intelectual triste, al artista de la sangre. Como si cada cadáver fuera un poema. Como si cada tortura fuer