387. La confesión del director.
Narra Tomás Villa
La cámara no parpadea. El lente me observa sin juicio, sin prisa, como si supiera que esto —esta grabación— no es para el mundo. Es para mí. Para él. Para esa versión de mí que alguna vez creyó que había nacido libre. O que podía llegar a serlo.
Me acomodo el saco. Gris, sobrio. La tela cruje apenas. Mis dedos acarician la superficie del escritorio antes de presionar el botón rojo. El micrófono está encendido. El aire también. Hablo.
—Todo comenzó con un disparo.
Hago u