386. La danza del dolor.
Narra Ruiz.
El tipo no viene a curarme, desde luego que no. No trae alcohol, ni vendas, ni una puta intención de aliviar nada, porque lo suyo es otra cosa, lo suyo es un ritual.
Entra como si tuviera las llaves del mundo, con esa parsimonia arrogante de quien cree que ha conquistado a un monstruo, y ahora quiere convertirlo en mascota.
Se sienta.
No dice nada al principio.
Solo me mira.
Y yo lo dejo.
Porque tengo el cuerpo deshecho, pero la cabeza sigue funcionando.
Él sonríe.