248. El regalo envuelto en fuego.
Narra Ruiz.
La noche cae sobre la ciudad como un manto de terciopelo caro. Estoy en la terraza del penthouse, copa de coñac en mano, el reflejo de las luces doradas de Dubái acariciando la piscina infinita, mientras Dulce duerme a salvo en su habitación blindada, con más sistemas de seguridad que un banco suizo. Estoy cómodo. No, más que cómodo. Estoy acostumbrado. A que me sirvan, a que me sonrían sin saber quién soy, a que el mundo crea que soy otro. A que me teman, incluso sin saberlo.
Bris