15. La corona no es liviana.

Narra Lorena.

La oficina todavía huele a sangre vieja. La limpiaron, sí. Pasaron trapos, rociaron perfume, abrieron ventanas. Pero hay olores que se quedan impregnados en la madera, en las paredes, en la memoria.

No me importa.

Yo no vine a que esto huela bonito. Vine a que huela a miedo, si es necesario. A respeto. A mi nombre.

Sully me espera abajo. Tiene los ojos cansados y el cigarro en la comisura de la boca. Se lo saca al verme bajar las escaleras.

—¿Estás viva? —pregunta. Me abraza fuert
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