122. Puertas que no llevan a ninguna parte.
Narra Lorena.
La soledad tiene sonido. Es ese crujido leve entre las paredes, ese chasquido tibio que hace la madera cuando el viento golpea la casa. Es la forma en que los pasos ajenos se disuelven antes de llegar. La escucho cada noche desde esta habitación con vista al acantilado. Y no me importa el mar, ni el lujo, ni la cena que traen en bandejas de plata. Lo único que quiero es desaparecer.
Traté de hacer aliados. De sonreír con lascivia calculada, de ofrecer palabras suaves a los hombres