108. La jaula dorada no es menos prisión.
Narra Lorena.
No me importa que griten, ni que me empujen, ni que una de las devotas vestidas de blanco —que parecen salidas de un monasterio demente o de una secta de vírgenes recicladas— me encierre los brazos con una fuerza que no se corresponde con su figura enjuta.
No me importa nada. Porque necesito verla.
A Danny.
—¡Solo quiero verla, carajo! —grito, mientras pataleo, me retuerzo, muerdo si hace falta.
No me importa cómo me vea, ni si la bata de seda que me pusieron queda torcida o s