109. El miedo disfrazado de lujo.
Narra Lorena.
La mansión huele a flores muertas. No lo digo porque estén marchitas, sino porque no importa cuán perfectas se vean: están cortadas, privadas de su raíz, obligadas a decorar la opulencia de un lugar donde todo respira poder, pero nada está realmente vivo.
Camino sin hacer ruido, aunque mis tacones lo contradigan. Los pasillos son largos, alfombrados, con vitrales en lo alto que filtran la luz como si Dios mismo estuviera preso entre esas paredes. Todo parece diseñado para que un