El claro del Bosque Dickens, marcado por la reciente masacre de los lobos rebeldes, emanaba un frío antinatural. La luna llena, en su apogeo, proyectaba una luz plateada que hacía brillar la escarcha sobre las hojas caídas. Ekaterina Saint-Clair ya estaba allí. No vestía su traje sastre, sino una armadura táctica de cuero burdeos reforzada con placas de Kevlar, diseñada para la movilidad y la protección. En su espalda, el estuche de su rifle; en su cintura, dagas con empuñaduras de obsidiana.