El antiguo castillo de Blackwood se alzaba sobre el promontorio oriental como una herida de granito contra el cielo plomizo. Olvidado por los planes de urbanismo y rodeado por una vegetación que parecía alimentarse de la propia decadencia de los muros, el lugar era el refugio perfecto para los siete rezagados que aún quedaban. Allí, el aire no se movía; estaba estancado, impregnado de un olor a moho y a la dulzura metálica de la sangre almacenada en recipientes improvisados. Estos seres, lidera